
Por razones obvias, los temas que se hablan en relación a la maternidad tienen que ver con el embarazo y el puerperio. Esos temas son públicos, se debaten socialmente y todos participan. Tanto es así que un embarazo – y hasta la guata de la mamá – se consideran casi como propiedad de la comunidad. La familia y los amigos se involucran, opinan, se adueñan y se hacen parte del proceso.
Pero la no-maternidad se vive puertas adentro, en silencio, en la intimidad de la pareja. Las mujeres, y mucho menos los hombres, no compartimos estas experiencias. Pensamos que somos los únicos a quienes nos pasa, que nadie puede entender el dolor que se siente cuando llega la regla a fin de mes, cuando la ilusión y el sueño de tener un hijo se tiñen de rojo.
Pero cuando se comparte, aparece ese universo invisible y uno advierte que a muchas parejas les pasa lo mismo. Basta con darse una vuelta por las clínicas o las consultas de los médicos especialistas en fertilidad para ver que las salas de espera están llenas.
Eso sí, llenas de gente que puede pagar los costosos tratamientos por los que hay que atravesar y que no están cubiertos ni por el Estado ni por el sistema de salud privado. Me pregunto por qué. Si la maternidad es un asunto comunitario, si el Estado financia campañas para promover la planificación familiar y acaba de alargar el postnatal en favor de la maternidad, la lactancia y un apego seguro, por qué no debería también apoyar a las parejas que quieren tener hijos y por alguna razón no pueden hacerlo naturalmente.
Por otro lado, quienes destinan una parte importante de su sueldo a las Isapres, tampoco están cubiertos. Los hijos por venir están fuera del contrato. Por supuesto, los tratamientos son caros, cada vez son más las familias que los necesitan y las obscenas utilidades de estas compañías bajarían en algún milimétrico porcentaje. Ni siquiera los seguros complementarios de salud, los llamados “catastróficos”, tampoco incluyen estos tratamientos. Como si no poder embarazarse no fuera catastrófico. La infertilidad actualmente es un problema de salud y debería ser tratado como tal, tanto en el sistema público como en el privado.
Afortunadamente, hoy la tecnología ofrece muchas opciones para quebrarle la mano al destino y lograr el milagro. Pero a un costo económico y emocional sin límites. Porque cuando lo que está en juego es la vida de un potencial ser humano, de tu hijo o hija, es muy difícil trazar el límite. Para algunos el límite lo pone la billetera, para otros el propio cuerpo o un corazón mil veces destrozado.
Tal vez el límite está en la propia pareja, cuando finalmente sienten muy profundamente que hicieron todo lo que estaba en sus manos y que un hijo, a pesar de la ciencia, sigue siendo un asunto divino. Cada niño que nace es un milagro. Lo que pasa es que como ocurre todos los días, no nos damos cuenta. Hay cosas que aún no podemos controlar. Pero hay otras que sí podemos, como cambiar la mirada, fijar un límite a la búsqueda, hacer el duelo, poner la energía en lo que la vida nos regaló y disfrutarlo a concho. Usted decide.












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