
Hace unas semanas estaba en alguna de las tareas cotidianas que hago con mi hija de cinco años, como la hora de la comida, el baño, vestirse, acostarse, una de esas que muchas veces uno realiza en forma mecánica, casi como un trámite del que quisiera salir lo más rápido posible.
Y de repente me escuché diciendo: “ya pos, no estamos jugando”, frase que me quedó retumbando en la oreja y en el corazón hasta que la miré y me reí. Porque ella sí estaba jugando, con sus manos, sus pies y su cabeza mientras cantaba e imaginaba quizás qué mundos o historias mientras yo quedaba relegada a un universo paralelo y harto más aburrido que el de ella. En efecto, eso es lo que ella hace cuando come, cuando se baña, cuando se viste, cuando camina, cuando se levanta, cuando se acuesta… siempre.
En ese momento me dije: “¿por qué no?”. Y en vez enojarme, apurarla y pelear, me sumé a su energía y me puse a vestirla, jugando. Gran sorpresa: Resultó mágico. Fuera de que nos divertimos, todo fluyó como nunca. El resultado fue óptimo y, en el proceso, nos encontramos… en el juego.
Desde entonces, cuando tomo conciencia, incorporo este nuevo descubrimiento en nuestros encuentros cotidianos y creo que no sólo lo pasamos mejor sino que ella se entrega a la situación sin dificultad y el objetivo se logra sin mayor esfuerzo.
En eso reconozco que los padres nos tienen algo ganado. Como buenos hombres, por lo general están más conectados con su espacio de niños, son más lúdicos y conectan en eso con los hijos con mucho mayor facilidad. Las madres somos generalmente las que estamos en la norma, la regla, la educación. Que, por supuesto, es necesaria. Que los límites son importantes no hay duda. Pero ¿por qué no darnos el permiso de jugar más? ¿Por qué no relacionarnos con nuestros hijos con ese lenguaje común que todos llevamos dentro? Que, además, es simple, universal y, sobre todo, nos conecta con el mundo emocional tan fácilmente y nos permite entrar en relación con ellos.
Y para las mamás a las que les cuesta jugar con sus hijos – yo reconozco que a veces me resulta difícil o no tengo ganas – entonces pueden explorar ese espacio de lo cotidiano donde podemos colarnos a través de ese código común que tenemos niños y adultos y vincularnos desde otro lugar, más libre, más inconsciente, más emotivo, más corporal.
Quizás la mayor dificultad es que cuando uno está cansada o sobrepasada por el día, el trabajo o la vida, claramente lo primero que sale es la neura, no el juego. Pero se puede aprender y en eso nuestros hijos pueden ser nuestros grandes maestros.












Comentarios recientes
hace 3 días
hace una semana
hace 2 semanas
hace 2 semanas
hace 3 semanas
hace 3 semanas
hace 4 semanas
hace 1 mes
hace 1 mes
hace 1 mes